Traición, indefensión… autodestrucción

Cuando en una nación anida la traición y se promueve la indefensión, esa nación, sociedad, colectivo o individuo está condenándose a desaparecer y, además, a hacerlo de forma abrupta y traumática.

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Hace mucho que lo que ocurre en España ya no es sólo la quiebra de la autoridad y de la legalidad, del Estado de derecho, que en realidad lo es de impunidad, lo que ocurre es mucho peor, es que la traición se ha enseñoreado de las élites –por llamarlas de alguna forma–, los dirigentes, partidos, instituciones de todo tipo incluidas la Corona, las FFAA y la Iglesia, las cuales, además, promueven la inanidad, la pasividad, la mal entendida tolerancia, el diálogo de sordos y de besugos, el buenísmo estúpido y, con ello, nuestra indefensión espiritual, mental y física, lo que nos lleva a la autodestrucción.

El actual Presidente del Gobierno, cuyo nombre deberíamos borrar de la historia de España, legal pero ilegítimo, se va a entrevistar con un presidente autonómico, el catalán, que es el actual máximo dirigente de una rebelión, de una revolución secesionista en Cataluña, que no sólo no cesa, sino que va in crescendo porque se ha alimentado por todos desde hace décadas, y ahora mucho más. Para celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona, se tiene que blindar. Las calles están permanentemente tomadas por radicales abducidos porque se ha renunciado a ejercer la autoridad, a imponer la ley, a guardar el orden, a proteger a los ciudadanos a los cuales se viene dejando a los pies de sus verdugos. La indignidad de Sánchez sólo es superada por su traición; lo mismo que ocurrió con sus antecesores desde Suarez incluido. Lo que vemos no tiene parangón, no cabe en cabeza humana, no se tolera ni en el peor de los países, nadie da crédito a tamaña bellaquería y estupidez. No se puede entender que los españoles voten a lo peor de ellos, al lumpen de nuestra sociedad. Como tampoco tiene parangón su pasividad, su renuncia a defenderse de los que constantemente les agreden verbal o físicamente en su dignidad, identidad, cultura, fe e historia, caminando imperterritos hacia el precipicio obnubilados, alucinados, como si no fuera con ellos o como si no fueran a caerse por él.

El caso de la mujer asesinada en Huelva, penoso y repugnante, pero caso de delincuencia común, sin otros matices, deja en evidencia la otra parte de lo que aquí denunciamos, que es la indefensión en que ha caído ese mismo pueblo de manera voluntaria. Que se discuta la necesidad de la cadena perpetua, como del cumplimiento de las condenas integramente, cuando menos para crímenes de sangre, terrorismo incluido; que se confunda inserción con dejar en libertad a escorias humanas; que haya una mayoría que se oponga a todo ello; que se maree la perdiz desde hace décadas; que tengamos un código penal que es una basura y un sistema judicial anormal; que se utilicen estos y parecidos crímenes para potenciar una ideología de género que es en realidad una patraña –la violencia, la delincuencia, ni tiene género ni va contra un género, es eso: violencia y delincuencia la sufra quien la sufra y la cometa quien la cometa– o que se manipule políticamente un asesinato, demuestra hasta qué punto esta sociedad está enferma, ha sido abducida, ha renunciado a defenderse y camina hacia su propia destrucción que no se producirá, óiganlo bien, suavemente, sino de forma abrupta.

Dada la traición que caracteriza a nuestras élites –por llamarles de alguna manera–, dirigentes, los que aspiran a serlo, instituciones y colectivos de todo tipo, y a la indefensión en todos los órdenes que ello crea, o los españoles honrados, decentes y trabajadores, los de a pie, los de siempre, los de toda la vida, nos movilizamos con decisión o seremos engullidos por este maremoto de iniquidad que ya tenemos encima.

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